Hace algún tiempo encontré una carta; estaba escrita por alguien muy especial y causó en mí tal impacto, que mi deseo es poder compartirlo hoy, aquí, y ahora con ustedes. Decía así:
“Todo empezó hace mucho tiempo. Yo era una bellísima joven por entonces, extremadamente feliz que deseaba ser madre. Pronto traje al mundo a mis primeros hijos. Eran maravillosos y poseían unas habilidades increíbles. Los cuidé, los alimenté y, poco tiempo después, decidí que quería tener más hijos. Pasado un tiempo tenía ante mí criaturas que incluso poseían dones y habilidades más maravillosas que las de sus hermanos mayores. Todo era increíble, yo amaba a mis hijos, ellos me amaban a mí y se amaban entre ellos.
Al cabo de muy poco tiempo me di cuenta de que mis hijos más pequeños eran mucho más inteligentes y extraordinarios que los mayores y esto apoyó mi tentación de volver a tener más hijos.
Esperé, y allí estaban. Criaturas hermosas, más inteligentes de lo que nunca podría haber imaginado y con una increíble capacidad de razonamiento.
Estaba segura de que estos nuevos hijos cambiarían para bien a sus hermanos mayores, me ayudarían a sanar cuando fuera anciana, mejorarían mis errores y los de sus hermanos…
Ellos eran prácticamente perfectos y harían perfecto todo lo que tocaran, o al menos, eso creía yo entonces…
Durante la infancia de mis pequeños todo comenzaba a transcurrir según lo previsto, hasta que un día…, todo cambió…
Su inteligencia les hizo competir entre ellos e incluso destruirse unos a otros, se aprovecharon de la menor capacidad de sus hermanos y mataron a muchos de ellos, utilizaron la bondad e incapacidad de sus hermanos mayores y destruyeron sus hermosas viviendas para convertirlas en suyas… y ahora, después de todo, han empezado a destruirme a mí, su madre. Su creencia de superioridad les ha cegado y ahora no pueden parar.
Les envío un grito de socorro.
Estoy anciana, pero no con edad de morir, sin embargo, mi enfermedad y decaimiento sé que pronto acabaran conmigo, y, si lo hace, lo hará también con todos mis hijos, pues todos ellos, dependen de mí pare todo. Si yo muero, no podrán valerse por sí mismos y es a esto precisamente a lo que más temo.
Mis hijos menores han manchado la sangre de mis venas, han destrozado mis pulmones, están comenzando a arrancar tira a tira la piel que protege mi cuerpo, han hecho ácidas mis lágrimas, y cuando lloro destrozo dolorosamente milímetro a milímetro mis mejillas…
Mis condiciones físicas son extremas y por ello he caído en esta gran depresión de la que sólo saldré si mis hijos menores luchan por salvarme. Han destrozado mucho de mí, pero aún están a tiempo de salvarme a mí y a sus hermanos e incluso a ellos mismos.
Les di una inteligencia y si, UNIDOS, la usan correctamente, podrán salvarme de este crítico estado.”
Tales líneas despertaron en mí un profundo interés por el gran problema del calentamiento global, esa catástrofe desoladora de la que nos hemos desentendido durante siglos.
La comunidad científica ya ha demostrado que somos los principales culpables de este problema pero a la vez, está en nuestras manos no conducir este planeta a su destrucción absoluta.
Señores y señoras de esta cámara, si con nuestra inteligencia hemos sido capaces de pisar la superficie de la Luna, si hemos sido capaces de culminar la historia de la humanidad con la democracia, si con una simple inyección hemos sido capaces de salvar vidas humanas…¿por qué es una utopía pensar que podemos salvar a ese hermoso, pequeño y azul manantial de vida en el que flotamos?
Si queremos un futuro mejor para la humanidad no podemos eludir la responsabilidad que hoy nos corresponde.
La base principal de la Resolución que ha llevado a cabo el Comité de Medio Ambiente reside en una necesaria concienciación social. Es algo tan sencillo como que todos y cada uno de nosotros adquiramos conocimiento y responsabilidad pues, aunque parece una solución muy simple, es ineludible que todos y cada uno de los seis mil quinientos millones de hijos que ha dado esta Tierra luchemos por ella para, de este modo, lograr la salvación de nuestra única fuente de vida.
La carta que me movió a estar aquí, ante ustedes, culminaba así:
“Esto es lo único que yo podía hacer. Ya he mandado mi señal de alarma, el resto del trabajo está en vuestras manos.
Fdo: Vuestra madre que os quiere…la Tierra.”
“Todo empezó hace mucho tiempo. Yo era una bellísima joven por entonces, extremadamente feliz que deseaba ser madre. Pronto traje al mundo a mis primeros hijos. Eran maravillosos y poseían unas habilidades increíbles. Los cuidé, los alimenté y, poco tiempo después, decidí que quería tener más hijos. Pasado un tiempo tenía ante mí criaturas que incluso poseían dones y habilidades más maravillosas que las de sus hermanos mayores. Todo era increíble, yo amaba a mis hijos, ellos me amaban a mí y se amaban entre ellos.
Al cabo de muy poco tiempo me di cuenta de que mis hijos más pequeños eran mucho más inteligentes y extraordinarios que los mayores y esto apoyó mi tentación de volver a tener más hijos.
Esperé, y allí estaban. Criaturas hermosas, más inteligentes de lo que nunca podría haber imaginado y con una increíble capacidad de razonamiento.
Estaba segura de que estos nuevos hijos cambiarían para bien a sus hermanos mayores, me ayudarían a sanar cuando fuera anciana, mejorarían mis errores y los de sus hermanos…
Ellos eran prácticamente perfectos y harían perfecto todo lo que tocaran, o al menos, eso creía yo entonces…
Durante la infancia de mis pequeños todo comenzaba a transcurrir según lo previsto, hasta que un día…, todo cambió…
Su inteligencia les hizo competir entre ellos e incluso destruirse unos a otros, se aprovecharon de la menor capacidad de sus hermanos y mataron a muchos de ellos, utilizaron la bondad e incapacidad de sus hermanos mayores y destruyeron sus hermosas viviendas para convertirlas en suyas… y ahora, después de todo, han empezado a destruirme a mí, su madre. Su creencia de superioridad les ha cegado y ahora no pueden parar.
Les envío un grito de socorro.
Estoy anciana, pero no con edad de morir, sin embargo, mi enfermedad y decaimiento sé que pronto acabaran conmigo, y, si lo hace, lo hará también con todos mis hijos, pues todos ellos, dependen de mí pare todo. Si yo muero, no podrán valerse por sí mismos y es a esto precisamente a lo que más temo.
Mis hijos menores han manchado la sangre de mis venas, han destrozado mis pulmones, están comenzando a arrancar tira a tira la piel que protege mi cuerpo, han hecho ácidas mis lágrimas, y cuando lloro destrozo dolorosamente milímetro a milímetro mis mejillas…
Mis condiciones físicas son extremas y por ello he caído en esta gran depresión de la que sólo saldré si mis hijos menores luchan por salvarme. Han destrozado mucho de mí, pero aún están a tiempo de salvarme a mí y a sus hermanos e incluso a ellos mismos.
Les di una inteligencia y si, UNIDOS, la usan correctamente, podrán salvarme de este crítico estado.”
Tales líneas despertaron en mí un profundo interés por el gran problema del calentamiento global, esa catástrofe desoladora de la que nos hemos desentendido durante siglos.
La comunidad científica ya ha demostrado que somos los principales culpables de este problema pero a la vez, está en nuestras manos no conducir este planeta a su destrucción absoluta.
Señores y señoras de esta cámara, si con nuestra inteligencia hemos sido capaces de pisar la superficie de la Luna, si hemos sido capaces de culminar la historia de la humanidad con la democracia, si con una simple inyección hemos sido capaces de salvar vidas humanas…¿por qué es una utopía pensar que podemos salvar a ese hermoso, pequeño y azul manantial de vida en el que flotamos?
Si queremos un futuro mejor para la humanidad no podemos eludir la responsabilidad que hoy nos corresponde.
La base principal de la Resolución que ha llevado a cabo el Comité de Medio Ambiente reside en una necesaria concienciación social. Es algo tan sencillo como que todos y cada uno de nosotros adquiramos conocimiento y responsabilidad pues, aunque parece una solución muy simple, es ineludible que todos y cada uno de los seis mil quinientos millones de hijos que ha dado esta Tierra luchemos por ella para, de este modo, lograr la salvación de nuestra única fuente de vida.
La carta que me movió a estar aquí, ante ustedes, culminaba así:
“Esto es lo único que yo podía hacer. Ya he mandado mi señal de alarma, el resto del trabajo está en vuestras manos.
Fdo: Vuestra madre que os quiere…la Tierra.”
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